Mary y la Flor de la Hechicera: coming of age

El cine animado en Japón está lleno de niñas que descubren, a través de un poder mágico interno o externo, un mundo lleno de aventuras. Mary y la Flor de la Hechicera, una película de Yonebayashi (que ya ha trabajado con Studio Ghibli) y primera película de Studio Ponoc, no es la excepción a esta tradición. Siguiendo la herencia de chicas como Kiki o Chihiro, Mary también deberá enfrentarse a adversidades mágicas cuando descubra un mundo fantástico que viene acompañado con un poder mágico del que deberá ser responsable.

Tradicionalmente, el uso de niñas con poder mágico (sean o no magical girls per se) suele ser una metáfora de su crecimiento personal que nace de la premisa de la aprehensión del poder como forma de desarrollo (empoderamiento) personal; premisa que viene también con sus toques de género ya que la norma comúnmente es: los niños se vuelven guerreros, las niñas se vuelven brujas.

Mary y la Flor de la Hechicera echa mano de esta narrativa y le da su propio toque a un discurso que hemos visto ya en diversas ocasiones; echando mano así mismo de varios tropos del género magical girls para decorar su historia.

Lo de siempre

Al hablar de la metáfora del «coming of age», la magia es un vehículo excelente para representar los aspectos físicos, este «despertar» que experimentan las niñas durante ese limbo entre infancia y adolescencia donde sus cuerpos comienzan a cambiar. Usualmente, el despertar mágico es una analogía fantástica para la primera menstruación femenina o, quizá pensando en términos más generales y menos específicos, la etapa del despertar sexual de las niñas. Podemos dar esta lectura al empatar estos momentos con los puntos clave de la narración en donde coincide con los primeros amores de las niñas, las primeras exploraciones conscientes del propio cuerpo o la revelación de la propia fragilidad en el mundo; la magia siempre es un medio para satisfacer estos afectos.

En Mary y la Flor de la Hechicera, el descubrimiento del poder mágico llegará después de dos momentos importantes, paralelismos ellos mismos y que suscribirían en la estructura tradicional del relato heroico como el primer cruce del umbral:

  1. Mary conoce a Peter, un chico algo amable, algo agrio, quién es el único otro joven cerca de ella y que logra detonar sus emociones (tanto para bien como para mal), rompiendo la monotonía que se nos presenta en la introducción a su mundo cotidiano.
  2. Mary se topa con dos gatos, un macho y una hembra, a quienes describen como pareja. Estos animales serían su guía, muy Lewis Carroll, hacia el primer encuentro con el mundo extraordinario.

A la par de estos eventos, la historia nos presenta las angustias que Mary experimenta y las que serán base de su arco de personaje (y las analogías del relato):

  1. Una angustia de pertenencia: Mary, como un prototipo de protagonista del género magical girls, lucha emocionalmente con una sensación de no pertenencia, misma que se intensifica al ser la única mujer joven en un espacio que podría considerar su zona segura. A la par, Mary se pregunta si podrá o no ser bien recibida en su escuela, la que sería su «segunda casa» al inicio de clases y si será o no capaz de resaltar lo suficiente para que la noten.
  2. Una angustia de debilidad: Por una parte, en su «nido» es la más joven e inexperta de las mujeres, estando de cierta forma al fondo de la cadena matriarcal de poder; por otro lado, fuera de la casa, ella se topa con un mundo lleno de presencias masculinas que, de una forma u otra invalidan su presencia y su valía.

Estos son los ingredientes que actúan como base del relato y sobre los que se construirán las metáforas del coming of age a través de la magia, la cuál se presenta como la posibilidad de la niña, invalidada y suprimida, de ejercer un poder inaccesible para aquellos a su alrededor.

Lo bueno

Pese a que la película puede ser algo pesada de ver, debido al exceso de exposición y clímax tardío, la construcción y desarrollo de la magia como universo narrativo y como metáfora del relato es muy solida.

La fuente del poder mágico de Mary, que no es innato ni permanente, es una flor mágica, aparentemente codiciada por aquellos que sí pertenecen a ese mundo, que Mary encuentra en su primera expedición hacia el bosque. Al absorber los bulbos mágicos de la flor, esta le marca las manos con dos signos florales, muestra efímera de su poder mágico y el tiempo que la tendrá disponible.

De las analogías poéticas posibles, la flor es una de las más comunes y directas al desarrollo sexual de la niña, si bien quizá no caiga en el simplismo evidente que usó Naoko Takeuchi en «Love Witch» donde la magia despertaba con un primer sangrado. En esta construcción del mito de la sexualidad femenina, Mary y la Flor de la Hechicera retoma el discurso de la aprehensión de la propia sexualidad como un elemento de empoderamiento femenino, si bien temporal, en que este despertar será la opción viable para que Mary pueda superar las angustias que tiene al inicio del relato.

Esta poética se extiende a otros símbolos representativos:

En primer lugar, la escoba (quién guiándonos por el título original de la novela es el objeto de poder más importante) será su forma de acceso al mundo mágico y, si bien está potenciada por el poder mágico adquirido de la flor (o, en términos de nuestra lectura analítica, el propio despertar sexual), es un signo fálico que simboliza el vehículo a través del cual transita el poder de ella hacia su entorno y de regreso a ella. La escoba la llevará a un lugar poco usual lleno de magia: un colegio de hechicería que será la encarnación hiperbólica de sus mismísimas angustias infantiles.

Dentro de este colegio, Mary conocerá a la Madame, una mujer envestida completamente en poder mágico y que es la cabeza al frente de la institución. La Madame será entonces una representación de todo aquello que Mary no es: una mujer adulta, desarrollada, poderosa, sexualmente despierta y con un lugar importante en el mundo. Para Mary, la Madame, si bien no de forma evidente en sus textos, es aquello a lo que pueda aspirar o sino por lo menos aquello que podría calmar sus angustias y el poder mágico recientemente adquirido puede ser la conexión directa a esa mujer que potencialmente puede ser.

Su paso por la escuela (que curiosamente sigue siendo exposición) le da la solución a una de sus angustias: encontrar un lugar a donde pertenecer. Al desplegar el poder mágico en todo su esplendor, Mary es automáticamente aceptada y elogiada, ahora ha escalado los niveles de poder y, si bien sigue estando subordinada a una figura femenina y una masculina (diría Bettelheim «funciones paternas») que aún están sobre ella, su valía es mayor a la del resto de los estudiantes.

Mary y la Madame tienen un juego simbólico interesante, completamente fundamentado en la simbología femenina, en una dicotomía matriarcal que resume el relato en solo la relación de ambos personajes:

Por una parte, la Madame representa la energía del agua, energía femenina y maternal que hace paralelo con la matriz femenina (que inicia en sus propios poderes y se extiende hasta la totalidad de la escuela). La Madame es una mujer de magia, pero también de ciencia y para ella, tomar posesión de la Flor de la Hechicera no simboliza un despertar sexual, sino un retorno a la inocencia, integración de signos femeninos que le daría el poder absoluto.

Mary, por otra parte, representa la energía de la tierra a la que está atada y cuyo poder brota de ella misma; sin embargo, la tierra que tiene Mary no es una tierra maternal, sino estática e intransigente, en contraste con el agua dinámica de la Madame. Mary es insegura y soñadora, con inseguridades y angustias que actúan como las raíces que la atan al suelo.

En esta dicotomía femenina, tenemos el enfrentamiento entre dos representaciones de lo femenino, canónicas en los arquetipos comunes: la bruja y la doncella. Una es una mujer empoderada, madura y en contacto íntimo con su propia feminidad, fuente de su poder. Madame es la figura de la Emperatriz. Por otro lado, Mary es la visión de la pureza infantil, la mujer joven y virgen que está aún atada a la influencia superior de los demás y que debe ser guiada y moldeada en su desarrollo femenino. Mary es la figura del Loco. Aún así, la dicotomía presentada por estas dos también tiene una dimensión moral. La Emperatriz que representa la Madame es una figura corrompida y dañina, son los vicios de la feminidad, hipersexuada, hipermasculinizada y grotesca. Mary, si bien complaciente y frágil, representa la moralidad positiva. La contraposición de ambos personajes resume el arco completo del personaje y los vicios del héroe: Mary debe pasar de ser la doncella, aceptable pero incompleta, a una mujer plena y capaz de ejercer el propio poder, sin caer en el vicio de la feminidad que representa Madame.

A esta fórmula en dupla se le puede agregar otro elemento femenino importante que sirve como contrapeso en el relato, convirtiendo la dicotomía entre dos elementos un festín de los cuatro elementos clásicos. Si bien Madame es la fuerza del agua y Mary la de la Tierra, podemos encontrar en el personaje de la tía abuela de Mary el signo del fuego. La tía abuela, a quién vemos en el relato principal como una anciana, figura idílica del dominio matriarcal, fue también una joven bruja excelsa y quién descubrió el poder de la Flor de la Hechicera, de lo cual vemos un fragmento al inicio de la película. A diferencia de Mary, quién está limitada a las raíces que la detienen en la tierra, la tía abuela joven posee el poder del fuego. La tía abuela será entonces la construcción del ideal de lo femenino, investida en poder mágico (el fuego) y en total desarrollo del propio poder; sin embargo, ahora vieja y sin poder.

Esto nos genera una nueva dictomía: la Madame y la tía abuela como los dos destinos posibles, o más bien visibles, de Mary en extremos del espectro moral, quizá algo maniqueo, de lo «bueno y malo»; pero ambos problemáticos: la Madame, villana pero empoderada y la tía abuela, buena pero desprovista de su poder como solo una sombra del pasado. El viaje de Mary será la búsqueda de integrar ambos signos en ella misma y construir su propio poder femenino.

¿Dónde queda en esta fórmula el poder del aire? También en Mary o, quizá más acertadamente, en la escoba de Mary. Adquirir el poder de volar representa un cambio drástico en Mary de tierra a aire, ahora libre de las raíces que la atan al suelo y que será lo que, en toda regla, le ofrece la posibilidad de formar parte de este mundo mágico. Si quisiéramos verlo desde una perspectiva fenomenológica, Mary y la Flor Mágica es el camino de Mary, hija de la tierra (su propio cuerpo femenino), que debe enfrentar el poder colosal del agua (sus afectos y angustias), gracias a la ayuda del aire (espíritu liberado) y un acercamiento al fuego (la sabiduría matriarcal) para ser una tierra completa, no estática, sino en su mayor esplendor: la Emperatriz verdadera.

Lo sorprendente

Dentro de esta lectura, la historia tiene su climax en un momento que me parece maravilloso, no sólo por su cualidad estética, sino también por su gran contenido simbólico.

La Madame y el profesor logran capturar a Peter, a pesar de los esfuerzos de Mary, para experimentar con él e intentar convertirlo en el «ente perfecto» que es capaz de utilizar cualquier magia al fusionarse con el poder de la Flor de la Hechicera. El experimento, así como pasó la primera que lo intentaron, fue un fracaso y el ente se sale de control, poniendo en riesgo la vida de todos.

La forma del ente, acuosa y amorfa, me parece muy representativa ante la lectura simbólica de los demás personajes. Al ser un ente acuoso, la historia lo vincula con la Madame y la representación codificada en ella. El agua como fuente máxima del poder mágico. Este ente es, en más de una forma, el «hijo» de la Madame y heredero de su fuerza elemental. Entonces, la Madame, signo de la mujer adulta, sexuada y empoderada, busca integrarse con otro aspecto de la feminidad que ha sido ignorado durante el relato: la maternidad. Sin embargo, la visión corrompida de la feminidad que representa la Madame, no puede recibir este signo y lo aliena.

En uno de los cuadros del pasado vemos una Madame diferente a la actual: es maternal, amable y femenina que, si bien igual de poderosa, su ejercicio del poder era visto como adecuado. En ese momento, Madame era el agua maternal y protectora, la que representa el líquido en la placenta donde se desarrolla la vida. Es el encuentro entre ella y la posibilidad de un poder absoluto lo que la «masculiniza» y lleva su ejercicio del poder al vicio. La Madame no puede entonces corresponder nuevamente a las responsabilidades maternas ni puede sobreponer su poder, masculinizado, sobre un idílico femenino que, en este relato, simboliza el máximo ejercicio del poder. La Madame es entonces engullida por el ente, forzada a un regreso personal al vientre materno primigenio y dominada por la maternidad que ya no puede ejercer; es entonces desprovista de toda energía mágica, suprimida y reducida a nada.

Peter, quien se encuentra dentro y es, a la vez, el ente, también sufre un destino catastrófico. Peter es usado como experimento humano del poder de la Flor de la Hechicera y se convierte en el núcleo que alimenta el poder del ente; sin embargo, está completamente sometido a la voluntad de este y se encuentra, más por su condición de ser no mágico que por su condición masculina, atrapado dentro de un poder materno y femenino que él no puede ejercer. En términos de Bettelheim, vemos un Peter que, a través de la imposición de la ley por la fuerza, de parte de la Madame como la figura de madre castrante, tiene un regreso a la angustia de aniquilación dentro de una matriz hostil.

Mary reconoce que existe sólo una manera de vencer al ente ya que incluso su propio poder mágico no es suficiente. La respuesta nos la da el libro de hechizos que ella tiene, uno en particular, aquel que «desaparece toda la magia». La única forma de activar este hechizo es logrando que Peter toque el libro mágico y use el poder incontrolable de la flor para que se desvanezca a sí misma. Mary entonces le extiende su Yo a Peter para que el poder femenino, vicioso y descontrolado, fluya de él quién no es un contenedor apto para recibirlo, hasta ella, quién puede manejarlo gracias a su empoderamiento personal pero no contenerlo. Mary ejerce en esos últimos momentos el poder que viene de su ahora desarrollada y despierta feminidad para lograr que se active el libro de hechizos, símbolo de la sexualidad femenina idílica y divina, logrando desvanecer los vicios de esta feminidad descontrolada y salvando a Peter de ser consumido por ella.

Lo (no tan) malo

A pesar de tener desarrollos simbólicos interesantes, Mary y la Flor de la Hechicera también presenta unos argumentos quizá poco acertados. Una de estas deficiencias, a mí parecer, es la revelación dramática de las experimentaciones animales y la liberación de estos durante el segundo acto del relato.

Usado más como una excusa que como un pivote argumental, el rescate de los animales es como un breve aparte que, si bien adiciona a las tensiones dramáticas de la historia, es poco desarrollado a profundidad, por lo que debilita su valor discursivo.

En una primera instancia, la revelación de la experimentación animal en la historia funciona como la excusa para lanzarse a la aventura (buscando a la gatita gris) y como elemento para oscurecer la historia, pautando las malas intenciones de los villanos.

En esencia, la experimentación animal es una sutil analogía a la manipulación y quebrantamiento de la inocencia, por parte de las figuras paternales perversas, así como del rechazo de la naturaleza por una visión científica perversa y mal direccionada.

El descubrimiento de la experimentación animal del doctor actúa como un anuncio anticipado del verdadero desastre futuro. Aún así, es una analogía débil que, si bien entretenida y funcional para la historia, no deja de verse como un aparte al relato central que si se removiera, cambiaría muy poco la historia.

No me parece que el mensaje esté mal per se, ni que la analogía presentada sea inadecuada, pero el tratamiento narrativo dado redujo esta parte del mito a un micro relato algo desasociado del discurso global, restándole importancia.

Mary y la Flor de la Hechicera me parece una buena carta de presentación de estudio Ponoc y un producto bien estructurado narrativamente dentro del género. Si bien Mary no debería ser vista como una magical girl (bajo reservas), debido a la ausencia de ciertos tropos importantes, definitivamente la cualidad discursiva tiende hacia estas narrativas y el abordaje común que se le da a la representación femenina a través de una mirada mágica.

Una respuesta a “Mary y la Flor de la Hechicera: coming of age”

  1. […] Yukito es una bocanada de aire fresco ante el manejo regular del bishonen masculino como objeto de deseo. Deja de lado motivos visuales como un frío, pero a la vez sensual Mamoru o un agresivo pero con buen interior Zagato. Yukito transita la masculinidad tradicional, para ser un agente más intermedio y con motivos visuales de lo idílico de ambos géneros. Por ello Yukito resulta un personaje tan atractivo no sólo en la serie (Sakura, Lee… Tuoya) sino en la recepción del lector. Yukito nos abre camino a un punto de equilibrio, utópico e inalcanzable, del androgenismo divergente, de aquello que no está en lo masculino ni en lo femenino y que desempeñará una función esencial en el desarrollo de la metáfora mágica del “coming of age”. […]

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