The Prince and the Dressmaker, una reseña

Novela gráfica de Jen Wang publicada durante el 2018. Un dulce relato que juega con todas las formas y figuras literarias típicas de los cuentos de hadas, pero con un discurso post moderno sobre la pluralidad.

Esta es una novela gráfica que vale la pena leerse y como hay SPOILERS a continuación, toma este párrafo como advertencia si aún no has leído el texto.

La nueva literatura infantil

Según lo propuesto por Bruno Bettelheim, la literatura infantil tiene una función pedagógica y moralista muy importante en el desarrollo del niño y los cuentos de hadas clásicos jugaban activamente este papel desde la palestra de la tradición oral. Cuentos inmortales como Caperucita Roja, Cenicienta o Hansel y Gretel son en realidad enseñanzas adultas que llegan al niño como una mascarada y que ocultan, detrás de la evidente fantasía, mensajes importantes de superviviencia: no te salgas del camino, no confíes en extraños, aliméntate adecuadamente, sé una buena persona, etc.

Estos cuentos eran una herramienta excelente en la permanencia de los paradigmas morales y religiosos en una época donde la educación no siempre estaba al alcance de todo el mundo o; quizá en una paráfrasis más perversa, la educación llegaba a todos de forma voluntaria o por imposición. Claro, el mismo Bettelheim habla sobre la importancia de revisar los cuentos de manera crítica al momento de exponer a los niños a ellos, ya que invariablemente estamos transmitiendo un mensaje a través de valores simbólicos de los cuáles se apropiarán.

The Prince and the Dressmaker cumple con estas funcionen en un entorno post moderno donde la condición y performatividad de género están en el centro de los cambios sociales y experimentando su propia deconstrucción. En el relato, Sebastian y Frances encuentran un amor en común: la moda, la cuál será la base del discurso y leitmotif de la novela. Si bien la estructura literaria es a todas vistas clásica, las amenidades específicas son lo interesante.

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En la historia de Wang, la amistad que desarrollan Frances, la modista y Sebastian, el príncipe se da cuando ella es contratada por él con una tarea muy clara: diseñarle vestidos. Wang nos introduce así rápida y sin demora en un entorno poco común donde la excentricidad de la realeza los llevará a meterse en apuros que parten, solamente, de las expectativas sociales que debe cumplir el príncipe por ser eso mismo. Si bien, por supuesto, el final tiene una nota positiva (e incluso cursi, diría yo) la forma de narrarlo tiene una maestría precisa para que el lector avance ávidamente en el relato, absorbiendo al momento los conflictos puntuales, de una manera ideal para que pueda ser comprendido por todo público.

Sexualidad, performatividad y otros post modernismos

Existe ya mucha literatura, moralista o no, que intenta abordar cuestiones de género y el espectro de la sexualidad humana, pero en muchos casos adolecen de las delimitaciones esenciales que definen cada concepto como único.

Repasemos rápida y de manera sencilla estos conceptos, sólo para tener una clara visión del trabajo discursivo que presenta The Prince and the Dressmaker:

¿Qué es el sexo? Llamamos sexo a las cualidades del ser humano que parten de una condición natural, o mejor dicho, sexogenética; es decir, los genitales, los genes, las cualidades fisiológicas, predisposiciones genéticas, etc. En burdo, son las condiciones genéticas de tu nacimiento y, aún siendo más simplistas, los genitales que tienes.

¿Qué es la sexualidad? Llamamos sexualidad no sólo a las prácticas sexuales del ser humano, sino también a los afectos románticos y eróticos; en función de hacia dónde son estos encaminados. Usamos etiquetas comunes como: heterosexual, homosexual o bisexual y algunas menos comunes como pansexual y asexual para referirnos a la sexualidad en movimiento; aún cuando también debemos incluir en este espectro condiciones de la práctica sexual que van desde el instinto hasta los fetiches. Los límites de esta dimensión humana son tanto biológicos, por ejemplo partiendo de estudios médicos de la sexualidad hechos por Masters y Johnson, como psicológicos y sociológicos como los estudios de Kinsey o la inserción en la lingüística del poder de Foucault.

¿Qué es el género? El género es toda expresión de identidad personal (hacia lo interno) y performativa social (hacia lo externo) de la sexualidad. El género es más bien simbólico, lingüístico y performativo, es el cómo soy, cómo me siento, cómo me desarrollo socialmente con los demás y cómo me miro a mí mismo desde la intimidad de mi propia identidad. Entendemos el género desde nuestro discurso actual a partir del sentido sociológico que le dan los tratados de Goffman, de Bouvoir y Butler; pero posee además una dimensión antropológica donde convergen, desde lo lingüístico, estos tres conceptos para dar dimensión cultural al humano dentro de las estructuras de poder.

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Este breve y, perdón, muy escueto resumen es necesario para desmontar una de las cuestiones que más me alarman de The Prince and The Dressmaker. En algunos portales donde encontrarás o hablarán de la novela gráfica, es común la etiqueta invariable de «género gay»… la cual me parece un verdadero error. Que exista una premisa sí visiblemente queer no lo hace una literatura de nicho y, en realidad, el texto está contado desde lo universal y pretende, precisamente, acercar estas expresiones artísticas y de género menos normativas al espacio cotidiano; etiquetarlo para una venta de nicho sólo limita de forma indirecta el alcance de una historia que, como ya lo dijimos, cuenta con la universalidad innata de la literatura infantil y su narratología.

The Prince

¿Cuáles son las líneas discursivas transgresoras que tiene el texto? En realidad, lo «novedoso» de la historia es la presentación de Sebastián como uno de los protagonistas, dentro de las amenidades del género fluido. Él contrata a Frances para que le diseña vestidos que desea usar y que disfruta usar primero desde la intimidad de su espacio personal. Sebastian eventualmente comenzará a llevar estas prendas a una performatividad social, bajo el mote de Lady Cristalia, seccionando en dos mundos opuestos e inaccesibles su identidad como el Principe Sebastian y Lady Cristalia. Al final del relato, como suele pasar en la literatura infantil, habrá una integración de ambos extremos del espectro en una sola nueva identidad.

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Mucho me parece que la novela de Wang justamente ha tenido una dificultad curiosa de abordarse, me ha tocado leer su descripción sobre la historia del príncipe travesti o como texto sobre la transexualidad y creo que ambos acercamientos son poco menos que precisos. Para mí, The Prince and the Dressmaker se mueve solamente en el espectro de género, particularmente en la performatividad simbólica a través del vestido y nada más. El sexo de los personajes es poco menos que irrelevante al relato y la sexualidad de ellos es abordada desde una enunciación disminuida e incidental donde vemos florecer un amor romántico entre Frances y Sebastian, como un cierre melodramático tras el grueso de la narrativa.

Lo que realmente nos interesa de Sebastian, hablando por supuesto de análisis discursivo porque el personaje en sí es sumamente entrañable, es su performatividad queer y, más que su identidad per se, lo que un personaje así representa para la literatura contemporánea DENTRO de una estructura editorial mainstream. Es decir, su valor para el discurso radica en la irreverencia del texto en sus representaciones, no porque él mismo sea una anomalía.

The Dressmaker

También vale la pena hablar de un personaje que perdemos entre la espectacularidad de Sebastian y que es, en realidad, quién sostiene el relato mientras actúa como la presencia vicaria del ojo del lector.

Hablamos mucho de Sebastian en las reseñas y recomendaciones del libro y nos olvidamos, un poco de ella. Frances es una presencia maravillosa en el texto porque muestra una enunciación poco común ante la fuerte expresión queer de Sebastian: libre de prejuicios.

Me explico un poco. Humberto Eco hablaría de diferentes niveles del autor y, al crear discurso imponemos a los personajes nuestros propios prejuicios, los cuáles estos replican estén o no alineados con la construcción de estos. Esa es la forma en que la página crea discurso, en que la cámara crea discurso, porque se vuelven un ojo vigilante del relato que además adquiere una naturaleza política y moral, generando un filtro de lectura al que nos sometemos, de manera inconsciente, como un principio simple del discurso hegemónico.

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En ejemplo práctico: Frances juzga a Sebastian en un inicio, le parece extraño lo que hace y le preocupa la soltura con la que pretende ignorar las convenciones sociales que indican, bajo una norma, que lo que hace está «mal». Pero este juicio es DEL personaje y, eventualmente, desaparece mientras ella conoce más a su compañero y comprende más su estilo de vida. Sin embargo, el TEXTO en sí, o la voz del autor como prefieran llamarle, no presenta este mismo prejuicio, sino que ve de manera objetiva a Sebastian e, incluso, nos presenta sin agenda esa primera interacción prejuiciosa Frances haciéndola una puesta en escena: mira, esto es lo que sucede, pero tú no debes pensar igual.

Frances no sólo se vuelve un proveedor de Sebastian, sino su amiga, confidente y objetivo de su amor. Ella es una gentil y amable representación de lo que en el argot político del LGBT llamamos «los aliados». Frances nos ayuda, como lector, a llevar el proceso de duelo paso a paso. Ella es una muletilla que nos permite apoyarnos para comprender a Sebastian como personaje, incluso para quienes podaos estar acostumbrados a este tipo de representaciones queer, también hemos formado un hábito literario desde la mirada normativa, entonces necesitamos de Frances para llevarnos de la sorpresa al entendimiento, de la aceptación a la normalización y del miedo a la tranquilidad a lo largo del relato, para abrir así poco a poco la puerta a un universo de posibilidades literarias más allá de las narraciones normativas y que estas, ahora, puedan ser también «normales».

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