Chilling Adventures of Sabrina de Netflix es una serie inspirada vagamente en el comic del 2014 con mismo nombre, publicado por Archie Horrors. Como suele ser común en las historias de brujas dentro de la posmodernidad, la serie tiene un discurso cargado del despertar de la sexualidad femenina y feminismos ya que parece ser que la figura de la bruja (especialmente la bruja joven adolescente) es la metáfora perfecta para abordar la liberación femenina.
Sabrina, la serie, no es excepción a esta regla y presenta los mismos elementos discursivos, entretejidos dentro de la progresión narrativa, para codificar una atmósfera climática que enfrente las perspectivas de liberación femenina con un sistema de poderes que se configura desde estatutos patriarcales.
Primera temporada: Coming of Age
La magia femenina es ya casi por estandarización una metáfora del despertar sexual y el ejercicio de esta sexualidad como una muestra de poder político. La serie juega en estos mismos términos y nos presenta a Sabrina Spellman, bruja adolescente de 15 años que pertenece a una familia de tradición mágica importante. Su padre, Edward Spellman fue el Sumo Sacerdote de la Iglesia de la Noche, el aquelarre al que pertenecen los Spellman y uno de los brujos más importantes en su tradiciones religiosa. Próxima a cumplir 16 años, Sabrina sabe que la tradición mágica a la que pertenece dicta que debe ser bautizada como miembro adulto de la Iglesia de la Noche, para ser ungida como bruja y servir al Señor Oscuro en todas sus órdenes. Sabrina, sin embargo, es diferente a las demás brujas ya que ella es «mitad mortal» ya que su madre, Diana, era un humano común.
Este origen híbrido es quizá la raíz de todos los conflictos a desarrollar en la serie y al mostrar a la Iglesia de la Noche como un organismo religioso sumamente conservador, la historia mantendrá a Sabrina en constante juicio ante la aceptación dentro de su comunidad como la aceptación de ella misma sobre su lugar en el mundo.

Sabrina Spellman, como es de esperar de la protagonista, está dividida entre el mundo mágico, a donde pertenecen sus familia y el mundo ordinario, donde están sus amigos y Harvey, su novio. El bautismo de Sabrina va más allá de un simple trámite religioso, es un rito de paso y como todos estos, conlleva una carga simbólica primordial en la historia de la persona que lo atraviesa: cumplir los 16 años y ser bautizada es un proceso de transmutación que no sólo va de niña a bruja, sino de niña a mujer. Una vez que Sabrina firme su nombre en el Libro de la Bestia y jure lealtad al Señor Oscuro, su cuerpo y su mente serán propiedad de una estructura de poder donde la cabeza posee ideas que, para ella, son altamente cuestionables.
Se ha extendido la idea de que Chilling Adventures of Sabrina es virtualmente una dura crítica a la Iglesia Católica y yo no soy partidario de esa idea, al menos no en su totalidad. Los cuestionamientos que levanta Sabrina dentro de la serie como la propiedad autónoma del cuerpo y la fe ciega en un poder pastoral y la perspectiva alienante que nos muestra la serie desde la corrupción del Sumo Sacerdote hasta el papel disminuido de la mujer en la comunidad religiosa son reflejos incidentales del Cristianismo que, si bien lejos de ser la única religión en occidente, es quizá la más extendida. Aún así, la crítica va a todo sistema de dominación cuyas tradiciones alienen la autonomía del Otro (con mayúsculas) y que den cabida a una matriz de poder que rompa el balance entre los jugadores de ambos sexo y son muchas las instituciones eclesiásticas (más incluso que las religiones per se) las que operan bajo este poder pastoral alienante.
Sabrina es entonces una lucha agresiva del tradicionalismo romantizado pero obsoleto y la modernidad inminente, si bien aún insostenible. La actitud rebelde de Sabrina reta estas tradiciones no desde un rechazo insistente, sino desde el cuestionamiento lógico siendo siempre el punto pivote la autonomía sobre su cuerpo. Bautizarse como bruja requiere configurar e imponer regulaciones sobre el cuerpo: Sabrina debe suprimir su sexualidad y llegar al rito como una doncella virgen, debe purificar su cuerpo para prepararlo para el Señor Oscuro y debe derramar sangre (en una visible metáfora de la menstruación) sobre el altar para firmar el libro. Estas imposiciones al cuerpo son la manifestación física del sometimiento de las brujas al poder dominante del Señor Oscuro y el ejercicio de este en la tierra por el Padre Blackwood. Así, la serie nos ofrece un coming of age que resulta rebelde y contestatario ya que no es sólo el camino de la chica para volverse una mujer madura, sino el camino para encontrar control e independencia en esa madurez, bajo la libertad propia.
La magia y el patriarcado
Sabrina también ha recibido variadas críticas por su evidente discurso feminista y por desafiar abiertamente la dominación patriarcal en toda la mezcla simbólica que conjunta la serie. Debes aclarar, sin embargo, antes de continuar, los términos usados dentro y fuera de la serie:
El patriarcado, término ya usado de forma laxa y repetida en las discusiones actuales hace referencia solamente a las formas de gobierno ejercidas por el hombre; es decir, cuando las estructuras de poder dependen de la figura masculina y se configuran alrededor de un patriarca. El uso del término «patriarcal» es entonces la descripción operativa de una forma de gobierno político y la manera en que esta se configura. El uso del término como referencia al sometimiento y alienación de la mujer dentro de la sociedad es, en estricto tecnicismo, incorrecto ya que esta relación de alienación desde el hombre hacia la mujer, se describe como «machismo», la superioridad naturalizada del hombre sobre la mujer sólo por su condición sexogenética, politizada en una relación de poder desigual.
Sabrina, así como los demás personajes, vive en estructuras patriarcales en sus dos mundos: por una parte, asiste a Baxter High cuya máxima autoridad es el Director Hawthore y por otra, la Iglesia de la Noche está dirigida por el Padre Blackwood (en representación de Satán, como figura masculina máxima). No sólo eso, todos los personajes a su alrededor viven debajo de una autoridad masculina absoluta y sin contrapeso femenino: Harvey y su padre, Roz y su padre, Theo (Susie) y su padre; incluso Sabrina que sí vive bajo una estructura matriarcal, está representada por una autoridad femenina (la tía Zelda) que representa una madre castrante pero subyugada a las reglas impuestas por el Padre Blackwood.

El choque dramático nace precisamente porque dichas estructuras patriarcales son alienantes y, por lo tanto, transitan hacia una matriz machista que suprime a los personajes: Sabrina es constantemente coaxionada a aceptar sin cuestionamiento las órdenes del Señor Oscuro, Harvey no puede perseguir su talento artístico al verse forzado a hacer el trabajo rudo de los mineros, Roz debe esconder el poder psíquico que sólo las mujeres de su familia poseen para evitar ser considerada una hereje a ojos de su padre y Theo no puede hablar abiertamente de su condición trans con su padre. Los personajes entonces encuentran en el mundo mágico la fuerza opositora que puede derrocar estas estructuras patriarcales alienantes, ejerciendo un poder contrapeso y la serie presenta esta lucha feminista de una manera rebelde y contestataria, haciendo evidente el discurso en lugar de ser sutil en sus acciones, así como el feminismo mismo ha sido desde sus inicios a mediados del S. XIX: subversivo.
Y aún así… también muestra las fallas en los argumentos y las acciones de una radicalización insostenible del movimiento social. En la serie, el arco dramático de Sabrina construye una progresión dramática que lleva a Sabrina de un feminismo contestatario a un feminismo radicalizado y, despreocupada de la manipulación ejercida por la otra figura femenina de poder (y signo del matriarcado suprimido), Madame Satan, así como de la amenaza que se construye a su alrededor. Sabrina tiene una transición de querer combatir el alienamiento por la dominación política a ejercer ella misma uno sobre aquello que le parece mal, siendo finalmente ella la causa de un nuevo alienamiento a los personajes a su alrededor. La primera temporada termina en un tono álgido con la promesa de dos fuerzas descarriadas en total disputa, en un símil de la «lucha de poderes y oposiciones» modernas.
Segunda temporada: el dogma de Judas, un club de Toby
Si la primera temporada no tuvo reparos en ser ruidosa y evidente en las políticas sociales exploradas, la segunda temporada lo es aún menos. Al establecer ahora los «bandos» en disputa y haber cerrado casi completamente todos los primeros arcos de personajes al final de la primera temporada, Chilling Adventures lanza ahora un campo de batalla abierto entre dos estructuras de poder caricaturizadas: el machismo alienante y normalizado presentado por Blackwood y el feminismo intensificado de Sabrina que poco a poco comienza a fagocitar a los aliados a su alrededor y otras corrientes de pensamiento alineadas a su filosofía.
En un primer momento, Blackwood levanta la ilusión del tradicionalismo y muestra, través de un ejercicio agresivo de la hegemonía, su perspectiva machista, explotando las estructuras patriarcales de la Iglesia de la Noche para cumplir su cometido. Este cambio de enunciación de la villanía en la serie es crucial para el entendimiento del discurso en Chilling Adventures pues separa las relaciones de dominación de todo orden fundamentalista: ya no es tradición, ya no está en la naturaleza humana, son conductas de forclusión que se ejercen desde un poder que busca someter y subyugar, en este caso a todo un sexo.
La serie pautará ahora un discurso de gestación y de maduración de su visión feminista, dejando detrás el coming of age: Sabrina ya no es la joven doncella que debe pagar con sangre su ejercicio del poder, sino ahora es la bruja adulta que conoce que puede ejercer el poder, encontrando la mejor manera de hacerlo. A la par de Sabrina, los personajes a su alrededor irán madurando en sus propias visiones del mundo y cómo las enfrentan dentro y fuera de la matriz patriarcal.

Algo que me parece ciertamente maravilloso es como dentro de toda esta guerra discursiva contra el machismo, Chilling Adventures encuentra un espacio virtual para insertar representaciones masculinas variadas y positivas que van mucho más allá de unas subjetivas «nuevas masculinidades» sino incluso con enunciaciones dentro de la masculinidad tradicional. Tenemos entonces personajes como Harvey y Nick que, si bien dentro de una configuración de masculinidad normativa, comienzan a cuestionar de forma interna la existencia de las estructuras de poder y privilegio, representaciones como Adam (si bien se antoja excusa en el relato) y Mr. Cee como los patriarcas con visiones integradoras y un ejercicio saludable de una masculinidad que sigue siendo, a final de cuentas, muy normativa, de ahí podemos brincar al extremo opuesto del espectro con Theo y su padre, quienes parecen describir un arco dramático propio, incluso satelital al relato central.
La Iglesia de Lilith
La segunda mitad de la temporada (apresurada demás a mi gusto) aborda de lleno el enfrentamiento entre las facciones en disputa, pero no desde la agresividad directa como pudiera parecer en la temporada pasada, sino desde la reforma política: Blackwood y Sabrina buscan reformar su sistema de gobierno y ambos presentan su caso ante la que aparenta ser la representación del poder hegemónico.
Sin embargo, el poder hegemónico pronto se convertirá en tiránico cuando Satán mismo aparezca en escena. El flujo de poder, que bien comenzaba a funcionar reticular, ahora cae en picada en una estructura puramente vertical e intransigente ya que incluso ni siquiera el machismo alienante de Blackwood parece funcionar dentro de la nueva verticalidad de Satán donde solamente su deseo absoluto es ley y norma.
La visión política de la serie da en ese momento un giro dramático y cambia su punto de enunciación (sin tiempo adecuado para desarrollarlo a detalle, valga decir). Ahora, el drama regresa a su forma primigenia y más elemental: el poder patriarcal contra el poder matriarcal, ya no sus manifestaciones políticas en movimiento, sino en una forma, quizá con un término muy atrevido, de poder puro donde el enfrentamiento es entre soberanos. El enfrentamiento cierra en una jugada quizá anticlimática en comparación con el estándar de la primera temporada, pero sumamente simbólica. Sabrina y los demás personajes intentan capturar a Satán en un artilugio y, por unos momentos, parecen lograrlo, pero fracasan. Entonces, surge la respuesta que resolverá el conflicto: Satán sólo puede tener una prisión y es la de un cuerpo humano.

Esta visión nos da, en primer lugar, una mirada poshumana donde el cuerpo funciona como una techné divina, como un contenedor que pueda retener a lo divino y sobreponerse a ello, el triunfo del hombre sobre lo idílico religioso pero, a la vez, llevando a la derrota del hombre mismo. Cuando Satán es contenido en el cuerpo de Nick, Lilith asciende al trono del infierno, instaurando una nueva estructura bajo un poder matriarcal: la Iglesia de Lilith.
Si bien, este final lleva a un posible nuevo inicio (temporada 3), cierra el arco argumental de Sabrina donde la lucha entre lo patriarcal y lo matriarcal como visiones divinizadas era el tema central. ¿Qué viene? La lucha de poderes humanos, el choque ya no entre estructuras de poder tradicionalista sino institucionalizado, el pulso entre las iglesias y las versiones operativas en desacuerdo filosófico. Si esta temporada sirve de guía, la siguiente posiblemente venga aún más subversiva… y no puedo esperar a verlo.


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