Si bien el género mahō shōjo hasta el día de hoy ha sido dominado casi totalmente por mujeres, existen productos que exploran la idea de la existencia de chicos mágicos de los que hemos incluso hablado en entradas pasadas.
No obstante, pareciera que este discurso nunca ha sido del todo sólido y sigue dependiendo de la parodia o la burla para poderse mantener a flote entre toda la energía mágica femenina.
Hemos hablado también como la magia en el mahō shōjo es una metáfora de la sexualidad y la identidad femenina, pero poco se ha explorado sobre cómo esta puede también representar a lo masculino y sus nuevas formas en una época de aparente revolución de género.
Por eso quiero dedicarle un espacio a este asunto:
Mahō Shōnen Majorian, un descubrimiento personal
Este manga, creado por Ishida Atsuko, es la historia de dos niños muy diferentes que el destino, en un giro irónico, obliga a convertirse en chicas mágicas. Majorian es un manga, quizá, poco conocido (de los 3 volúmenes existentes, sólo es posible encontrar el primero en occidente, por eso nos centraremos sólo en este primer volumen para el análisis) y si bien puede ser precursor de productos más exitosos y que también abordan esta cuestión transexual como Mahō Shōjo Ore, tiene para mí un mérito importante y es la discusión, a través de la magia, de las convenciones tradicionales y extrañas de lo masculino.
La historia presenta una dicotomía evidente entre sus dos personajes:
Iori, un chico afeminado, de buen corazón, tímido y reservado y Masaru, un chico agresivo, aguerrido y orgulloso. En una lectura evidente, Atsuko nos presenta dos aspectos polarizados de la masculinidad, dibujada en extremos caricaturescos: la hiperfeminización del hombre y la hipermasculinización de éste.
Iori representa esta masculinidad «nueva» (por darle una etiqueta muy fútil) que tiende a lo femenino y que agravia todas las reglas canónicas de lo que significa ser un hombre. Esta representación se basa en una construcción de personaje sencilla pero efectiva cuyos ingredientes son los siguientes: Iori es un chico sin padre y con una madre trabajadora que es virtualmente ausente en su vida. Esto empuja a Iori a convertirse en el pilar funcional de su hogar, encargándose por voluntad propia del aseo y la cocina de su casa y atendiendo fielmente a una madre que regresa exhausta de las exigencias del día a día. Iori adopta este rol parental ya que se ve obligado a construir en sí mismo la figura paterna que le es casi inexistente y, a pesar de todo, tiende al espectro femenino ya que es el único que conoce. La madre de Iori es una mujer que, si bien ausente, representa una figura amorosa y protectora, lo que la convierte en un estímulo positivo de la maternidad y la feminidad a los ojos de Iori, facilitando la adopción de lo femenino en si mismo y su visión positiva de ello.

Por otra parte, Masaru es la masculinidad más esterotípica y más patriarcal. Es competitivo, agresivo y líder entre sus compañeros. Masaru es la romantización típica del hombre (el macho) que, pese a sus claras deficiencias, sigue estando en el tope de la estima social. En una segunda lectura, Atsuko nos muestra el entorno inmediato de Masaru y es aquí donde la interpretación más profunda completa la metáfora: Masaru vive en un entorno familiar donde la dominación femenina es altamente castrante, Masaru parece ser el menor de cinco hijos y el único varón y sus hermanas son representadas como figuras demandantes y abusivas, mientras su padre, sumiso y complaciente, es reducido a una total castración pasiva. Es aquí donde la historia alimenta y construye la personalidad de Masaru quien se extrema y deforma su propia masculinidad como mecanismo de defensa contra el estímulo dominante, castrante y negativo de lo femenino que conoce.

Para Iori, lo femenino representa amor y cuidado, para Masaru representa caos y despojo.
Estas construcciones de identidad de ambos personajes no sólo son la base del relato sino que además afectarán sus personalidades y poderes como chicas mágicas.
Trans-formación: de chico a chica mágica
Iori y Masaru se ven obligados a adoptar el poder mágico que los transformará en mujeres guerreras y luchar contra monstruos extraños que invaden su ciudad. Esta transición, si bien aparentemente arbitraria, surge de un breve pero conciso ejercicio de deconstrucción y crítica al género.
Los alter egos de ambos, las chicas del equipo Majorian, personifican y mimetizan la concepción de lo femenino que cada uno de los chicos ha internalizado: Iori Majorian es la chica tímida y bella, el ideal del shōjo bunka y quien normalmente tiene un rol menor en el combate, mientras que Masaru Majorian es rebelde y aguerrida, el ideal del mahō shōjo siendo el músculo del equipo.

A pesar de que el equipo Majorian trabaja bien en conjunto, este no es siempre el caso en sus formas civiles. Masaru atraviesa por un proceso de rechazo a sus nuevos poderes y, más específicamente, al proceso de convertirse en una mujer durante todo el primer volumen. Iori, por otra parte, parece contento de experimentar esta transformación y se adapta fácilmente a sus nuevas responsabilidades, mostrando un compás moral con una tendencia casi unidimensional a la justicia.
Aprendiendo a ser hombre a través de ser mujer
La magia, como se ha dicho, es una metáfora en Majorian para el coming of age (tan común en el género) pero desde la visión masculina. Por supuesto, el mensaje, aunque así pudiera parecer en un primer momento, no es un absurdo: «los hombres femeninos son mejores», sino que más bien pretende moldear un punto medio entre estos dos extremos que Iori y Masaru representan, para lograr un balance de lo masculino: una masculinidad desprovista de una hegemonía agresiva y dañina, pero a la vez con autonomía propia que lo diferencia adecuadamente de lo femenino. Iori y Masaru evolucionan en la historia juntos, presentando una visión en que ninguna de sus dos representaciones del hombre es 100% adecuada, sino complementaria una con la otra.

En un guiño breve al pasado de ambos protagonistas, Atsuko nos da pistas sobre la relación que llevan estos pequeños: Masaru e Iori se conocieron al inicio del año escolar y Masaru pensaba, según el performance de Iori que éste era una chica. Al enterarse de su sexo real, Masaru vuelca una agresividad total contra el niño que esconde, según puede intuirse en breves pasajes de la historia, un afecto oculto que posiblemente salga a flote en el futuro.

Más allá de una lectura homosexual de la historia (al centrarnos en el volumen 1 no puedo afirmar si es o no la dirección elegida por Atsuko), es una exploración del afecto masculino y de las relaciones entre hombres, no sólo desde lo sexual, sino desde lo fraternal y platónico. La emotividad y sensibilidad masculina son temas importantes que, en ocasiones, descuidamos en pro de esta actual necesidad de la visibilización femenina y que ciertamente el Shōnen dentro del manga suele descuidar en gran medida. Atsuko nos da una prueba muy ligera, quizá profundizará en ello más adelante, pero es suficiente para abrir la discusión entre el texto y el lector, quizá despertando en este la necesidad de complementar este discurso en otro producto más completo.

En unas notas finales, debo decir que es una pena que Mahō Shōnen Majorian no esté disponible en occidente más allá de pocas tradumaquetaciones en internet, es un concepto maravilloso que puede evolucionar en un discurso muy vigente con el trabajo de narración adecuado. Ojalá pronto pueda ver la luz (idealmente de forma legal) de este lado del mundo. Seguiremos atentos.

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