Desafiando la masculinidad dominante a lo Hello, Kitty
Quizá no sea un Maho Shojo pero su medidor kawaii es tan alto que no le pide nada a Doremi. Sanrio Boys se ha vuelto un placer culposo para mí, a pesar de sus detalles cuestionables como un anime trascendente.
Llegué a este anime por la recomendación de Crunchyroll y si bien no he podido terminar de hacer click con la historia, he encontrado algo bastante interesante entre su capa comercial. Con la tendencia queer y feminista actual, tenemos muchos productos animados que cuestionan la imagen hegemónica de lo femenino y su posición en el rol social (que si bien no es nada nuevo, ya lo harían productos como Revolutionary Girl Utena en su momento) pero aún tenemos pocos que lo hacen con lo masculino (o al menos no han tenido la suficiente exposición).
Sanrio Boys es, a muy grandes rasgos, un slice of life / comedy que aborda la vida de cinco chicos del instituto que forjarán una relación amistosa gracias a su gusto común por los personajes de Sanrio (el creador de Hello, Kitty).
El programa tiene una excesiva carga comercial, es importante decirlo, no sólo como nota aclaratoria sino también porque pone en evidencia uno de los grandes elementos del anime que, si bien es completamente conocido, es rara vez abordado porque al parecer nos causa placer obviarlo: la relación tan innata entre el anime como arte y el anime como músculo comercial.

Desde sus orígenes, el anime nace, dentro de sus objetivos prácticos, como un medio para generar demanda de juguetes y artículos promocionales. Se puede ver, incluso, de forma evidente, que un porcentaje bastante grande de los ingresos comerciales de una franquicia animada sale de la venta de juguetes. Aún así, el medio siempre se ha mantenido al margen de esta dimensión, al menos de forma aparente, manteniéndolo como un “secreto a voces”. Sanrio Boys no duda en hacer gala de este elemento, no sólo introduciendo la marca y sus filiales como el mismo núcleo de la historia, sino incluso utilizando recortes de sus tiendas reales como fondos de secuencias animadas. Este anime se quita el taboo y abiertamente admite su objetivo comercial y esta sinceridad, curiosamente, le da resultado. Quien no conoce los productos de Sanrio, tardará pocos episodios en familiarizarse con ellos y quien sí lo haga, recibirá con gusto este escenario.
De lo que realmente quisiera hablar sobre Sanrio Boys es su uno de sus leitmotiv recurrente: la forma en la que aborda la construcción de identidad del hombre y el cuestionamiento sistemático a los códigos de símbolos que que adjudicados tradicionalmente a lo masculino, desde la identificación simbólica de productos culturales.
El juicio hacia lo masculino: ¿cómo se calculan los puntos de hombría?
Un tema constante en Sanrio Boys es el juicio social que recae sobre los personajes protagonistas: los Boys están sujetos repetidamente a expresiones de reproche y sorpresa a causa de su gusto por los personajes de Sanrio y ellos abordan este juicio social a través de una variada gama de respuestas emocionales que se suscriben en un rango “negativo”: vergüenza, miedo, enojo e indiferencia.
Los personajes son tan variados en su diseño como su gama de emociones. Shunsuke y Seiichiro son personajes evidentemente heteronormados, masculinos en toda regla cotidiana: altos, fuertes, estoicos y serios. Ryo y Yu se alejan de ese espectro y tienden más a cualidades andróginas o femeninas: son lindos, con rasgos finos, anhelantes y protectores. Kota, como el primer introducido y, por asimilación simbólica, es un personaje más neutral, intencionalmente mediado entre un canvas en blanco y cualidades estratégicas para que pueda proyectarse el observador y absorber la historia de manera vicaria.
El cuestionamiento hacia la masculinidad partiendo de la apropiación de signos y el contraste de estos con lo que relacionamos hegemónicamente con lo masculino es la constante de este anime. Los Boys son llamados raros y atípicos, por los demás a su alrededor e incluso por sí mismos debido al gusto, más bien apropiación, de signos que asumimos son de lo femenino. Si bien no es una discusión profunda y semiotizada, Sanrio Boys cumple con abrir el diálogo para abordar, con mayor profundidad, esta discusión entorno a lo masculina y los elementos que le dan estructura.

Algo que sin embargo resiento bastante de Sanrio Boys es la poca o nula planeación iconológica al crear la relación del personaje con su personaje tótem de Sanrio ya que lejos de ser la base para la construcción semiótica del personaje, parece más bien una elección arbitraria y justificada a través de la empatía emocional de este con el proceso de significación del personaje en su construcción de identidad.
Como nota al margen, Sanrio y sus filiales no son un campo en el que esté experimentado así que si usted lector cree que tiene mejor información al respecto, lo invito a mencionarlo en los comentarios.
Kota Hasegawa es el Boy de Pompompurin. Quizá esta podría ser una de las relaciones más significativas, o mejor dicho menos aleatorias del anime. Con pequeños guiños a la simbología de Pompompurin como el amor por cierto tipo de comida o la necesidad de esconder los bienes más preciados, Kota funciona primariamente como un hilo conductor de la serie, escondiéndose en el fondo conforme avanzan los capítulos. La relación de Kota con Pompompurin se significa ya que este peluche es un regalo de su abuela ahora difunta, el cuál él abandonó eventualmente debido a las burlas de otros niños y la extrañeza que les causaba que un hombre pudiera interesarse en este personaje.

Yu Mizuno es el Boy de My Melody y fuera del símil de la amistad inseparable que poseen Yu y Shunsuke (igual a la de My Melody y Hello Kitty), no existe mayor relevancia simbólica entre el personaje de Sanrio y un Yu maternal, feminizado y positivo que puede rápidamente convertirse en un personaje iracundo y agresivo. La relación de Yu con My Melody se significa a través de la hermana y un regalo que esta le dio a Yu de una libreta de My Melody, antes del aislamiento emocional de ella con él debido, precisamente, a su gusto por el personaje.

Shunsuke Yoshino es el Boy de Hello Kitty, posiblemente el personaje más conocido de Sanrio. Esta es la bina que da la sensación de ser más arbitraria y forzada. Poco, si es que acaso hay algo, de Hello Kitty permea al personaje de Shunsuke ni su arco de evolución emocional. Shunsuke parece que se define como personaje no a través de su relación con Hello Kitty, sino con Yu y su My Melody, relegando, extrañamente, uno de los personajes más complejos y el producto de Sanrio más importante a un segundo plano subordinado. La relación de Shunsuke y Hello Kitty se significa a través de una estampa que una chica le regaló cuando niño y a la cuál nunca más volvió a ver, Shunsuke le atribuye a Hello Kitty un valor supersticioso de suerte y éxito en sus actividades deportivas.

Ryo Nishima es el Boy de Little Twin Stars. Aquí el paralelismo es más visible y quizá es el mejor logrado de todo el anime. Ryo es un joven varón que luce como mujer, debido a sus facciones suaves y atractivas. Es constantemente confundido y tratado como una chica, lo cuál aborrece abiertamente Así como la dupla de Little Twin Stars, Ryo representa esta ambivalencia de género entre lo masculino y lo femenino, primero de forma diseccionada en un anuncio anticipado de lo que posiblemente será su arco de personaje: la integración de estos dos conceptos en uno solo. Su relación con Little Twin Stars es debido a su madre y los juguetes que ella le compraba cuando pequeño.

Seiichiro Minamoto es el Boy de Cinnamonroll. Un simil más bien gráfico, aludiendo al tamaño y la complexión física de Seiichiro y su “suave” interior. Hasta ahora el anime ha desarrollado más bien poco de Seiichiro como para abordar a mayor profundidad su construcción de identidad a partir de Sanrio pero al parecer la significación de su relación con Cinnamonroll se da a través de una catarsis personal, siendo este personaje la forma de expiar el estrés y los problemas de su vida cotidiana.

Sanrio Boys es una premisa interesante que promete abrir un diálogo enriquecedor, pero en una ejecución artística que, si bien promedio, peca en demasía del discurso comercial y quizá puede llegar a cansar en un futuro muy próximo. ¿Vale o no la pena conocerlo? Quizá sí, juzgándolo por su valor transgresor en una época en la que cuestionar la feminidad hegemónica parece estar en su apogeo pero el abordaje a la identidad masculina se ve, salvo en ciertos círculos selectos, relegada a un segundo plano.

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